Ahora mismo a las 00:03, día 28 de Mayo de 2011, acabo de darme cuenta de que no merece la pena llorar por nadie. Nadie en absoluto. Nunca, jamás.
Cuando lloras, demuestras tu debilidad, haces ver que eso que pasa te importa, y yo, no puedo, no pienso permitírmelo. La vida es muy corta para desperdiciarla, y menos en llorar. Si debo llorar, lo haré de alegría. Si debo llorar de pena, lo haré a escondidas como he hecho hasta ahora. Pero prometo que nadie nunca más me verá llorar, y si lo hace, será de risa.
Fin de la transmisión.
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